Destino, ¡oh destino!

Luchar por hacer del Teatro un espacio de re-escritura y transformación

 logo compañia rita montaner

Por: Noel Bonilla-Chongo

Luchar diariamente por no dejar de sorprendernos ante los avatares de la vida, es legítimo. Ella, la vida, permite que compartamos instantes nobles y graciosos, como otros tantos desesperados y pugilísticos. Hoy, cuando rondan impaciencias sobre el sentido desafiante del hacer cotidiano alrededor del teatro que salva nuestra existencia, no se puede prescindir de esa capacidad zapadora de re-escritura y transformación que le es ingénita al arte escénico. El sentirnos juez y parte de muchas de las circunstancias que desde el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, retan a diario la misión de la institución, nos regresan al voto de “En teatro como en todo podemos crear en Cuba”.

Hace corto tiempo recordábamos que una sociedad está viva cuando descifra y conmueve sus narraciones. Claro, ello implica un sujeto político activo, capaz de repensar sus leyendas, reordenar las historias que condicionan el presente y el futuro para saditar la fuerza integradora de mitos y credos. Cuando desde una institución cultural se registra la naturaleza de “agente” de creadores y públicos, reconocemos sus capacidades operantes para generar otras instancias comparativas y, así poder traducir, replantear, recualificar y transformar los eventos que atomizan el comportamiento, la vida y la escena. A través de este proceso nos liberamos de la fatalidad del destino. “Destino, ¡oh destino!”, diría aquel personaje de Virgilio atribulado por el baldón de sus maquinaciones.

Hoy, cuando las prisas de la vida misma retan en procura de volvernos más propositivos y certeros en la salvaguarda de las provisiones, el teatro debe apostar por tornarse diestra obsesión y embrujo para acariciar esas privaciones y devolverse creativamente anchuroso ante un lector-espectador que, inquieto, aguarda en su podio.

Hace solo algunos días, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) en reuniones y encuentros distintos, debatía cómo pensar el liderazgo en la Compañía Rita Montaner tras la jubilación laboral de su director general. El maestro Gerardo Fulleda León, quien por veinticinco años comandara la tropa radicada en el Teatro El Sótano (en la calle K entre 25 y 27, en pleno corazón del Vedado) y que de manera franca y justa le dedicaría más tiempo a su obra personal como dramaturgo y escritor. Propio de la “intriga teatral” y de lo conflictual de sus acciones, el ruido y las proyecciones mal intencionadas estimaron la resolución del CNAE como intervención perversa en la cotidianidad de la compañía. Pero, nada más alejado del sentido acompañante de la institución que, reverenciando en principio la obra y trayectoria artística de Fulleda León y sus méritos aportativos a la cultura cubana, procuraba identificar otras voces facultadas capaces de dialogar con la labor de Fulleda en la agrupación u otros modos de pensar el teatro y su hacer en un momento que, por fortuna, la escena cubana asiste a una convergencia plural de poéticas tan diferentes en sus formas y planteos, como preocupantemente desiguales en sus resultados y conquistas profesionales.

Hoy cuando el teatro corrige al Teatro, ratificando que no es suficiente creerse manipulador de las engañifas de la ficción. Cuando la escena amplifica sus franjas y convenciones, legitimando la emergencia de prácticas otras, cuando compartimos los mismos espacios e, incluso, similares preocupaciones temáticas; se requiere de bondad más que suficiente para reconocer las conquistas del otro y también sus oquedades. Se necesita mucha generosidad para cederle paso al colega y ver que, en el diálogo pródigo entre heredades históricas, memoria viva, nuevas aportaciones y aquellos olvidos posibles que el verídico teatro recuperará, desde la eficaz urgencia de las mujeres y hombres de estos tiempos, existe una grácil manera de sentirse cómplice del sueño. Entonces, el destino se fraguará solo desde nuestro hacer comprometido.

Si bien la modernidad buscaba la utopía, ese no-lugar imaginario, atribuyendo un lenguaje pretendidamente universal a una audiencia homogénea y pasiva. Hoy, por el contrario, hoy no es viable formular ningún canje social sino a través de la concepción de nuevas formas de sociabilidad y estas solo pueden ser en relación y agencia. Nuestro teatro, este de hoy, el que ahora mismo se debate entre trayectorias diversas en sus asedios y ganancias; está condenado al retorno por conseguir una dignidad poética que legitime la sapiencia de sus verdaderos hacedores. Gerardo Fulleda LeónSi algún provecho ha obtenido la institución de la liberación del maestro Fulleda de sus responsabilidades primarias en la Compañía Rita Montaner, ha sido espesar su protección como creador que aun jubilado puede acometer proyectos colaborativos con autores teatrales de otros lares y el acompañamiento a la dramaturgia nacional asumida por jóvenes creadores.

Ante la realidad de una agrupación con actores jóvenes formados de manera alternativa —fuera de las escuelas de arte—, artistas que la institución protege con subsidio estatal según sus niveles y desempeños en una programación teatral sostenida en utilidades de aprovechamiento del espacio y asistencia de público; el CNAE ha resuelto continuar los proyectos aprobados en el 2013. Conforme a lo establecido, le corresponderá al actual líder de la Compañía Rita Montaner, el director teatral Fernando Quiñones, guiar los proyectos creativos de investigación y escritura espectacular en la agrupación.

Será en lo adelante, el compromiso con la permanente actualización en los modos de asumir la praxis teatral, el móvil que conducirá a los artistas de la Compañía Rita Montaner hacia un hacer que dialogue con una historia que, más allá de los rebasados cincuenta años de existencia de la agrupación, movilice zonas de intercambio y trueque vivaz. Si el hecho artístico presupone un lugar compartido entre la subversión y la adsorción, entre la pasividad contemplativa y la ruptura activa, entre el estado y la multitud, entre la creación y el mercado; conveniente sería abrirse a la otredad desde una mismidad comprometida con rigor y eficacia teatral.

Tal como ya se enunciara alguna vez, es legal pensar que las prácticas artísticas pueden abolir las fronteras como también pueden servir para desplazarlas. De un tiempo a esta parte, cuando la práctica creativa ha entrado en una suerte de espiral sin demarcaciones hacia la ampliación de sus espacios, sus dispositivos y franquicias; en una época en la que el hedonismo consumista ha alcanzado una expansión que no conoce fin; sin dudas le ha llegado la hora a nuestro teatro para un cierto cuestionamiento y reajuste de sus propios hábitos.

Insisto, la atención a la frágil vida de los cuerpos, la hostilidad hacia la cosificación de la existencia y sus modos inoperantes, incompatibles con los reclamos del vivir de hoy, la revisión de formas anquilosadas de protección estatal y la retribución de las responsabilidades personales, ocupacionales, profesionales para con la sociedad y sus instituciones, son razones más que provocantes para insistir en la operatividad de luchar por hacer del Teatro un espacio de re-escritura y transformación

Programa de EEUU, capaz de intervenir toda actividad cibernética en el mundo

David Brooks/La Jornada
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Un programa masivo de espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) tiene la capacidad de intervenir casi toda comunicación y actividad cibernética de usuarios alrededor del mundo a través de su presencia operativa en 150 sitios, según otro documento secreto divulgado por el ex contratista de esa agencia Edward Snowden publicado hoy por The Guardian de Londres.
Estas revelaciones se dan el mismo día en que el gobierno de Barack Obama presentó por primera vez documentos secretos ahora desclasificados sobre los parámetros del controvertido programa de vigilancia de registros de toda llamada telefónica en Estados Unidos, programa revelado primero por Snowden, a la vez que en audiencias legislativas directores de inteligencia fueron sujetos a interrogatorios por senadores que demandan mayor transparencia en el manejo de los programas masivos de vigilancia.
El documento secreto, una presentación interna de 32 páginas sobre el programa XKeyscore, de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), publicado por The Guardian describe un programa que tiene la capacidad, sin previa autorización judicial, de recaudar casi todo lo que un usuario típico hace en Internet, algo que la propia agencia califica como su sistema de más amplio alcance para desarrollar inteligencia desde Internet.
La NSA recauda esta información mediante la presencia de este programa en 150 sitios y 700 servidores en varias partes del mundo, con uno en México, según indica un mapa en el documento divulgado, aunque no está claro si los gobiernos en esos países han autorizado a Washington que el programa opere en sus territorios. Otros sitios en América Latina incluyen casi todos los países de Centroamérica, Brasil, Colombia, Venezuela y Ecuador (ver mapa en el documento en el sitio de The Guardian).
Según la presentación, el programa ha generado inteligencia que, para 2008, había ayudado en la captura de más de 300 terroristas.
Los materiales secretos divulgados sobre XKeyscore detallan cómo los analistas de la NSA podían emplearlo para ver el contenido de correos, los sitios visitados por un usuario, sus búsquedas así como sus metadatos (registro de comunicaciones con otros vía Internet). De acuerdo con los documentos, la NSA tiene la capacidad de vigilar la actividad por Internet de un individuo en tiempo real.
Más aún, puede monitorear el contenido de intercambios en las redes sociales, como los chats de Facebook y mensajes privados. Puede identificar las direcciones de Internet de cualquier persona que visite cualquier sitio web especificado por el analista empleando el programa.
De acuerdo con la ley estadunidense, señala The Guardian, la NSA está obligada a obtener una autorización del tribunal secreto especializado conocido como el Tribunal de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISC) sólo si el objetivo de investigación es alguien en Estados Unidos, aunque eso no se requiere para interceptar las comunicaciones de estadunidenses con personas bajo sospecha en el extranjero. Sin embargo, el programa tiene la capacidad de vigilar a cualquiera sin autorización judicial previa si algún tipo de información de identidad, tal como un correo electrónico, es conocido por el analista en la NSA.
Mientras tanto, en Washington, el debate detonado por revelaciones anteriores de Snowden, continuó en el Senado, donde altos funcionarios del Departamento de Justicia, de la oficina del Director de Inteligencia Nacional, y de la Agencia de Seguridad Nacional insisten en que estos programas son vitales para la lucha antiterrorista y que no están violando los derechos de privacidad de la población estadunidense.
Poco antes de la audiencia en el Senado para abordar el tema del programa de vigilancia masiva de registros de llamadas telefónicas, el director de Inteligencia Nacional James Clapper difundió por primera vez tres documentos secretos que ofrecen el marco para este programa y las órdenes judiciales emitidas por el FISC autorizando las operaciones, afirmando que lo hizo en el interés de mayor transparencia.
Los documentos detallan el programa de vigilancia de registros de llamadas telefónicas en este país, o lo que se llama metadatos, y que incluyen el origen, destino, duración de una llamada, y las autorizaciones judiciales para el programa por parte del tribunal secreto FISC.
Los funcionarios enfrentaron a senadores cada vez más escépticos sobre sus afirmaciones de que estos programas son limitados y pidieron mayor transparencia. Dadas las implicaciones de privacidad masivas del programa de vigilancia masiva de registros de llamadas, el presidente del Comité Judicial Patrick Leahy argumentó que si el programa no es efectivo tiene que suspenderse, y hasta el momento no estoy convencido por lo que he visto de que sea un programa necesario.
El subprocurador general James Cole, subrayó que el tribunal había determinado que el alcance del programa sí era relevante como parte de investigaciones antiterroristas, y aseguró una vez más que “no estamos recaudando todos los registros de llamadas para sólo pasear por ellos… estamos viendo las conexiones”. Insistió, como la había hecho anteriormente el propio presidente Barack Obama, en que nadie está escuchando las conversaciones de nadie a través de este programa, y a través de este programa nadie podría.
Sin embargo, expertos han insistido en que los metadatos por sí solos rinden información muy privada y precisa sobre cualquier individuo, a tal grado que puede ser equivalente a algo que pueda escuchar contenido de una comunicación.
Pero una y otra vez, varios senadores cuestionaron la necesidad de acumular de esta manera masiva los datos de estadounidenses. Ante ello, los funcionarios afirmaron que el gobierno de Obama está abierto a la reevaluación de este programa.
El senador Leahy indico que estaba preocupado porque este programa, al igual que otros, es demasiado masivo, y advirtió que el público empieza a desconfiar e impacientarse por la manera en que el gobierno maneja estos asuntos.
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Saramago en Centro Habana, historia de un Registro Civil.

Un amigo entrañable escribió estas líneas luego de sufrir el burocratismo en vena…

Pasaban las dos de la tarde cuando me encaminé, casi con optimismo, al burocrataRegistro Civil de Centro Habana. Bajando por la colina de Marqués González fue difícil ubicar el inmueble, pues no existe por señalética más que un cartel hecho a mano escondido tras la tupida verja de la ventana. Con tinta sobre cartón, cual desafío ininteligible de artista plástico, señala los horarios de atención a la población, demarcando bien el territorio del almuerzo, en que, por supuesto, no es posible atender al público.

El  local está ubicado en una casa marcada con el número 764, otrora joya de la arquitectura ecléctica de la ciudad que hoy luce su despinte y suciedad como vetusta soberana destronada. El trueque de sus locaciones interiores por toscas oficinas no ha hecho mella, sin embargo, en el hálito interior de la vivienda que conserva cada migaja de polvo, cada partícula de hollín enganchado, por presillas, a un recuerdo. Remembrando también el ayer salta a la vista un desgreñado patio interior que ofrece una ventisca suave y húmeda a través de los altos portones que lo ciñen y es abasto casi único de luz en la morada. Un silencio con olor a muerte se apodera de sus salones, especialmente en el exiguo salón de espera donde el confort no vive y sólo parece en función del mantenimiento de un ambiente luctuoso, lúgubre…

Al dirigirme a la empleada que preside un buró al final de la escalera del recibidor, noté la primera barrera arquitectónica. Sus acciones y palabras no eran lacerantes, aunque parecían no provenir de existencia humana alguna, sino de un disco automático dañado que repite siempre la misma pieza melódica. la pereza_thumb[2]

De aquella primera visita no obtuve más que la información de los horarios, que casi siempre coinciden con los de la jornada laboral de cualquier cubano, limitando las posibilidades de solución del conflicto individual. En cambio, hube de ir muchas veces a empaparme de aquel ánimo de impotencia que te invade, de aquellas ganas de morder o gritar improperios merecidísimos, pues nadie que visita aquel caserón lo hace para jugar a las casitas y tomar el té con la anfitriona, sino porque necesita resolver un asunto de vida o muerte, literalmente.

En mi caso, mi solicitud era aparentemente simple, copias de certificaciones de natalidad y defunción familiares. No sabía entonces que para lidiar con un Registro de este tipo uno se adentra en esa danza vida – muerte en que los muertos no parecen estarlo y los vivos, pues da igual si figuran como muertos.

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Como salida de la célebre novela de Saramago, me recibió en mi tercera visita uno de sus personajes mejor concebidos, la mujer receptora de solicitudes. Todos los nombres acudió / acudieron a la memoria, pues aquella estampa que percibían mis ojos era la recreación más fiel del texto del reconocido escritor portugués. Allí estaba ella, gobernando la ingobernabilidad de un pequeño local que por único mobiliario contaba con dos buroes, sus sillas respectivas y antiquísimos anaqueles repletos con libracos de registro de otros tiempos y papeles (¿secundarios?).

Esta cortesana, colocando en lo rudo del sofoco vespertino su voz y ademanes nada corteses, tiró todos mis planteos contra la ilógica, reduciendo sus conclusiones al mero hecho de que yo estaba solicitando por Centro Habana la copia del acta de defunción de un familiar que había fallecido en el Cerro. Sin embargo, no puso reparos cuando también solicité copias de actas de nacimientos que ocurrieron en latitudes tan distantes como el oriente cubano. Finalmente, ante mi decisión impertérrita de no renuncia, gruñó sobre la demora del trámite por la complejidad del mismo, mezcló gestos de desagrado, histeria y marginalidad y me entregó, como recibo de la solicitud, dos trocitos de papel con caligrafía arcana.

Corrieron lentos los días hasta que se cumplió el plazo de espera. Aseguré, o al menos eso creí hacer, la diligencia dejando pasar una semana más. Al volver sobre mis pasos, ahora sé que perdidos, conocí al tercer personaje de la novela “saramagoana”, la mujer que localiza a los muertos. No me deslumbró en ella su delicadeza, sino su habilidad para hablar con más de tres personas a un tiempo dejando inconclusa toda comunicación. En su lenguaje desarticulado me dijo que no encontraba el asiento de  la defunción en el municipio que yo refería y comenzó a interrogarme sobre detalles de las condiciones en que ocurrió la muerte de mi padre que desataron en mí una avalancha de evocaciones ingratas.

Luego de husmear en mis recuerdos hizo un par de anotaciones en una hoja cualquiera, agarró teléfono en mano y se lanzó en otra de sus pesquisas detectivescas, no la mía, dejándome plantado frente a ella sin apenas notarme, aún con mi estatura. Reforzando en mi rostro una mirada indulgente hacia ella terminé aquella visita bajo la promesa de que regresaría en quince días para conocer la evolución de una parte de mi demanda (pues la mujer que localizaba a los vivos, cuarta y última protagonista de esta historia, no había ido en esos días por tener a la niña enferma). Mientras subía la cuesta de la barriada, reeditando todo lo sucedido, pensé en que quizás para convertirse en pitonisa civil de la contemporaneidad es necesario un temple basto a falta de un vasto templo para cultivar las almas.

Lluvia y lodo cubrieron la espera de esos días, aunque decidí volver a la cita colocando mi ánimo en el mejor de los imposibles. El cuarto caracter de esta obra del Bufo me recibió de garras abiertas: aire de chica lista callejera, tono llano y profusa ornamenta complementada por enormes uñas postizas que casi le imposibilitaban agarrar la pluma o el papel en que escribía. Me contó así, llanamente, que no había encontrado el registro de los nacimientos que solicité y que tenía que darle más información para allanar la gestión. Otra vez hice desgajo de la memoria y esta vez acudieron a mí los momentos en que, al decir de Pablo Milanés, los juegos de infancia fueron a parar a otra parte y la inocencia terminó. Recordé además lo que me advirtieron otros sobre la necesidad de premiar el no esfuerzo de estas “heroínas” para limpiar el camino de obstáculos; saqué de mi bolso un estuche de bolígrafos que puse sobre su mesa y que ella hizo desaparecer de un zarpazo. Con expresión de súbita camaradería me dijo que le diera mi teléfono y que ella me llamaría para avisarme cuando el documento estuviera listo para recoger.

El telefonazo nunca sucedió y ya previéndome en la fatalidad me fui al Registro, por enésima vez, ahora acompañado de mi hermana. Acordamos que sería ella quien mediaría el trato para no perder yo los estribos. La mujer que no encuentra a los vivos estaba ausente por problemas personales. La mujer que no ubica a los muertos se deshizo ante nuestros ojos en explicaciones absurdas. La mujer receptora de solicitudes enloqueció ante la entrada de un ventarrón oscurecido que desató un carnaval de papelitos escritos por el aire y por el suelo. La mujer del buró al final de la escalera de entrada marcaba nerviosa el número telefónico de la policía. Un percutir de buroes e insultos de otro cliente desconcertado, con seguridad víctima también de la desidia, ambientaban la escena con auténtico sello de rumba de solar. Sobrecogidos ante aquel circo fantasmagórico mi hermana y yo abandonamos el sitio sin que el timbre de la sirena del carro policial formara parte del contexto melódico.

Repasar los detalles de este relato tristemente cotidiano me hace dudar en que no existan maneras de dar solución a estos problemas. Operacionalizar una base de datos o incluso valerse de las ya existentes en servicios que han logrado mayor eficiencia como el Carné de identidad o Inmigración es una necesidad imperiosa, pues reduce la demora en obtener la información por el trabajador y el nivel de contrariedades del cliente. Siento que esta ha sido mi historia y que ha podido ser la de muchos otros; siento incluso que quizás no tuve buena suerte y caí en manos de los peores trabajadores del Registro Civil de Centro Habana, no negando que quizás haya otros que no se presten a estos juegos siniestros. De todas formas, urge revisar a Saramago y sus sólidos ensayos sobre la ceguera y la lucidez para entender, con dolor, que su profecía se cumple hoy entre nosotros.

En campos minados, no en la complacencia

(Intervención del periodista José Alejandro Rodríguez, en el recién concluido Congreso de la UPEC)

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Ya viene llegando, no precisamente el fin que preconizara un delirante salsero de Miami. Sí, ya viene llegando una nueva Revolución de la inteligencia y el sentido común dentro de la Revolución. El parto de un socialismo más pleno y democrático, sin los fórceps del voluntarismo y la sumisión vertical. Un parto de la razón y la lógica, sin perder la ternura de los principios esenciales que nos trajeron hasta aquí. Un alumbramiento que suelte los lastres anquilosantes, las herencias cansinas, esas armas melladas que nos limitan el vuelo y el asalto al cielo de nuevo, por los humildes y para los humildes indeclinablemente; y no a cuenta de oportunistas renegados, tecnócratas corruptos, apostadores al descalabro, burócratas impertérritos y caciques resistentes a todo cambio.
La actualización del modelo económico, inevitablemente desbordará los límites de la economía para “actualizar” la sociedad cubana toda por más y mejor socialismo. Las descentralizaciones y horizontalidades, la potenciación de mayores alcances a la democracia socialista –nunca nos dejemos arrebatar la palabra democracia-, están desafiando desde ya las prácticas y rutinas del periodismo.
¿Qué es ser un periodista revolucionario hoy? ¿Acaso un amanuense de la rutina, un exégeta de lo inerte, el vacuo propagandista de cuarta
categoría? ¿Qué es ser leal hoy, desde la comunicación, si no atreverse a avanzar, sin esperar tantos permisos y salvoconductos, y arriesgarlo todo, incluso por campos minados de obstáculos, en pos de mejorar y salvar la Revolución que nos sigue desafiando?
Si ha habido un gremio profesional leal a la Revolución –lo digo con orgullo de pertenencia ante cualquiera que disfrute el pasatiempo nacional de menospreciarnos-, ese es el del periodismo. Pero esa lealtad se pone a prueba hoy en circunstancias muy complejas. No es la tranquila complacencia o la aséptica desproblematización. Pasa por la condición de pelotón de avanzada y arrestado explorador de campos minados de la sociedad, con el azimut del argumento, la reflexión y el compromiso solo con la verdad y la justicia.
Para ello, ese periodista tiene que presentar cartas y no abrigarse tanto en las limitaciones externas a su talante. Deberá echar su suerte con cultura, pensamiento propio, capacidad interpretativa y analítica, destrezas comunicativas y gracia expresiva. A su vez, ese periodista diseccionador, que hurga en la realidad no como un segundón de rebaño, si no como un audaz explorador de lo feo y hermoso de esta vida, debe estar acompañado, más bien estimulado por editores –también periodistas natos- con liderazgo y talento, consecuencia y audacia, sin timideces; como alguien, por ejemplo, que anda por las alturas del mejor editor, en ese Escambray: el camarada Borrego. Y la tríada perfecta se completaría con funcionarios del Partido que comprendieran todos los días y ante todos los lances, el rol que debe desempeñar esa vanguardia de la sociedad para estimular al mejor periodismo y exigir por abrirle postigos y caminos a nuestros profesionales.
No hablo ya de funcionarios administrativos y las llamadas fuentes, porque a ellos habrá que ir arrebatándoles nuestro pan informativo –y no migajas- con inteligencia y constancia, amparados en preceptos legales que nos amparen definitivamente. Y porque en ninguna sociedad, más allá del sesgo político que presente, las administraciones van a colaborar voluntariamente con los abordajes críticos de sus gestiones.
Sí considero que en la definición conceptual del periodismo que requiere el socialismo cubano a estas alturas, debemos concebir la condición y las misiones revolucionarias del primero, no precisamente en el diseño oficial u oficialista que ha prevalecido durante años, y que ha limitado las potencialidades protagónicas de la información en la sociedad, y en muchos aspectos lo ha convertido en vocero y mero repetidor en muchos casos.
Teniendo en cuenta que los medios informativos son propiedad social, y pertenecen al pueblo en Cuba, ahora más que nunca el carácter partidista y revolucionario de nuestra prensa debe manifestarse de una manera más activa, inteligente y menos tutelada en el imaginario social, como un concienzudo y enriquecedor contrapeso de las gestiones públicas y administrativas. Sin otro compromiso que con la Revolución. Ello le daría un margen de maniobrabilidad insospechado a la prensa, en el acompañamiento a las dinámicas de la sociedad.
Esta reflexión es solo un punto de partida para que miremos de otra manera, a la luz de los cambios que registran la economía y la sociedad cubanas, el carácter y las misiones revolucionarias de la prensa, y no con los tradicionales esquemas oficialistas y conductistas de la prensa como mera propaganda, que matan la ilusión del lector, el oyente, el televidente y el internauta.

 

Para ustedes los cubanos el Guerrillero Heroico está bien vivo

Al doctor Reginaldo Ustariz lo conocí a través de la periodista, ya fallecida, Lázara Rodríguez Alemán. Gran admirador del Che, el también articulista y escritor de origen boliviano presenció, con 27 años de edad, uno de los momentos más importantes y tristes en la historia de la guerrilla en América Latina: la exposición del cadáver del Che, como trofeo de guerra. Suceso que intentó divulgar en su artículo “La autopsia del Che”, pero no lo consigue y, tras saber que era perseguido por la policía y el ejército boliviano, se exilia en Brasil. Publica años más tarde Vida, muerte y resurrección del Che (2002), El Combate del Yuro y el asesinato del Che, Che Guevara. Vida, muerte y resurrección de un mito.

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Al centro, con una cámara fotográfica colgada al cuello, aparece Reginaldo Ustariz

“He notado en cada una de las personalidades que entrevisté y estuvieron ligadas a la vida y obra del Che –recuerda los testimonios de Pombo, Urbano, Orlando Borrego quien le aseguró que lloró esa pérdida más que la de su propio padre-, una marcada nostalgia cuando los he obligado a rememorar hechos del pasado; ejemplo, para ustedes los cubanos el Guerrillero Heroico está vivo y bien vivo”.

Su encuentro con Alberto Granados fue muy emotivo: “Al ojear mi libro con las fotografías del Che muerto, que nunca había visto, quedó por varios minutos mudo, inmóvil, incapaz de responder a una pregunta. Sus ojos se le empañaron de lágrimas; como médico debo indicarle que es muy difícil ver llorar a un hombre con más de 80 años de edad; tartamudeando llamó a su esposa para ojear mi libro Vida, muerte y resurrección del Che.”

Sobre la desaparición del cadáver del Guerrillero Heroico, Ustariz apunta en uno de sus textos: “Cuarenta años después (…) aún retumba en mis oídos una frase premonitoria y profética dicha (…) por quien combatió al Che y dirigió a distancia su derrota militar. Me refiero al coronel Joaquín Zenteno Anaya quien, la noche del 9 de octubre de 1967, (…) cuando estuve cenando en el Hotel Teresita, se encontraba en una mesa aledaña acompañado por el general Alfredo Ovando Candia y otros altos jefes militares. Zenteno Anaya dijo en un determinado momento:

“El cadáver del Che tiene que desaparecer, porque si no ocurre así, su tumba se convertirá en un lugar de peregrinación”.

71ePlNiisaL._AA1274_Ustariz cita en su texto Vida, muerte y resurrección del Che, una declaración que diera Carlos D. Meza Gusibert al periódico La Razón, el 5 de octubre de 1997, y que define la imagen de un ser encumbrado que salió de las venas y del polvo de los pies de América: “Pensamos entonces, treinta años después, en el hombre de la boina negra y la estrella solitaria y los ojos de infinito y la melena al viento y la certidumbre en el rostro, y nos subyuga el ícono, nos enamora el mito, nos embruja una imagen que se forjó sobre la santidad revolucionaria (…) Pero el Che vive, a pesar de esas derrotas terribles e incuestionables (…) porque nos fascinan los hombres puros y transparentes, y el Che Guevara lo era”.

 

 

Rincón del café

Me gusta el café. 472479_10200286548711415_1339749461_oNo tanto como a mi jefa; con un vaso lleno que compra en la cafetería del periódico, transcurre la tarde echando bocanadas de humo de cigarro por cuanto orificio hay en su rostro mientras ejecuta en el teclado de la computadora el vuelo del moscardón cual piano o tumbadora cuando se encapricha el Shift; empinada hacia la pantalla, con una rigidez cuasi cadavérica y los ojos enfiebrados, oprime las teclas a diestra y siniestra. Yo, con el sorbo de café que espanta la modorra mañanera me basta.

Saborear una taza de café es una tradición que nos distingue para aclimatar un encuentro, sea entre amigos o no, o tras una cena abundante para aligerar la digestión en la sobremesa. Acá donde mejor se disfruta es en casa, pero, como los bares europeos, han surgido algunos espacios en La Habana donde ir a disfrutar del delicioso néctar y una agradable compañía, se va haciendo moda. ¿Será porque fueron los franceses los que lo trajeron a la Isla después de la Revolución de Haití?

Por mi curiosidad fue entonces cuando me invitaron al Rincón del Café, de Carlos Tercero, el populoso centro comercial emplazado en la avenida del mismo nombre. Por supuesto, en cuc. Es casi un escondite, contrasta con todo el bullicio de la gran tienda, la gente en su ir y venir por las rampas, los vendedores ambulantes, los taxistas ofreciendo carreras. Entrando a la tienda, doble a la izquierda, al final, una puerta de cristal deja ver la ténue luz que ilumina el Rincón del Café, el tabloncillo en la pared lo confirma.

Sencillamente decorado: una muestra de fotos de estrellas del beisbol antillano ocupa la pared más grande, alguna que otra publicidad de cigarrillos nacionales, más arriba en un televisor pasan videos clips, también está el espejo estrecho custodiado por dos lámparas oscuras y una ¿colección? de sombreros sin sentido. Tres pequeñas paredes enchapadas en madera muestran las rúbricas de los visitantes, como un símil de La Bodeguita del Medio. Todo a media luz.

Al Rincón del Café le falta música para acentuar su ambiente bohemio. La barra es pequeña, tras la vidriera sudorosa hay variedad de dulces y bombones en su envoltura de colores, además de un discreto mueble de madera con botellas de rones muy bien organizadas. No hay ventanales ni vistas a la calle. El salón está repleto de mesas así como de gente en algunos momentos del día, es el mejor lugar para el que busca tranquilidad en medio de una ciudad contaminada por el ruido.

Las sillas y mesas parecen de mimbre. En el centro de ellas, sobre un cristal redondo, una azucarera con su cuchara pequeña y la carta. No es un lujo tomarse allí un café, tiene su encanto. La climatización es discreta, a veces imperceptible. Pero la seducción que provoca el aroma del líquido negro guía la mirada hacia las ofertas: café cimarrón a base de miel de abejas, expreso, café Mama Inés recordando al Bola (de Nieve), combinaciones con licor, ron, café frío, café mulato con leche condensada acompañados algunos de confituras, junto a bebidas, helados y refrescos nacionales e internacionales, bocadillos. Puros y deliciosos.

El dato sobre si el café que se sirve allí es Cubita, Hola, Turquino o Regil eso no lo sé, se lo debo amigo lector; mi abuela hubiera preferido Pilón pero después de tantos años acostumbrada a la variante nacional ligada con chícharo tostado, no creo que su paladar tenga muy buena memoria.

El ambiente en el Rincón del Café es casi confortable, la gente se pasa horas conversando, discutiendo un asunto, haciendo una pequeña parada en el viaje, exhibiendo sus jabas de nylon repletas de necesidades, dos enamorados hacen del lugar un espacio de culto.

¿El servicio? En ocasiones suele ser rápido, variable, diría que de estación. Sin embargo no son encartonados como suelen ser los dependientes de establecimientos en cuc, al menos no te miran por encima del hombro, aunque en ocasiones te apuren recogiéndote las tasas, o se demoren en atenderte porque están sentados, confundidos entre el público.

Pero se pasa bien. Se disfruta. Lo recomiendo, sobre todo porque es de esos lugares a los que, milagrosamente, el reguetón aún no ha invadido.

Presencia de la muerte en José Martí, según Joel James Figarola

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No tengo suficientes elementos de juicio para ponderar hasta dónde José Martí, estuvo cerca del conocimiento directo, indirecto o referencial del pensamiento espiritista, con mucha fuerza en las décadas finales del siglo pasado en Europa, o alcanzó a conocer el pensamiento Kardeciano el cual para ese entonces poseía un grado apreciable de difusión. Dada su irrecusable curiosidad por todas las manifestaciones del conocimiento humano y su pormenorizado dominio de los anuncios de pensamiento que ocurrían en cualquier momento en los más variados puntos del hemisferio, y hasta del mundo, es de suponer que no careciese de información sobre el tema; en favor de lo cual inclina a pensar, además, tanto afirmaciones a veces recurrentes en sus diferentes exposiciones teóricas, como giros metafóricos y recursos de asociación utilizados con alguna frecuencia. No obstante considero como precipitada y poco ajustada a comprobación la afirmación muchas veces repetida tocante a su supuesta filiación espiritista, que creyentes de uno u otro cuño han tenido a bien formular. Martí en este asunto, según creo ver, se comportaba al igual que en muchas otras ramas del saber: se informaba profusamente y caminaba con pasos propios en el sentido que su también propia inteligencia –dentro de la cual debemos incluir un oculto sentido instintivo apreciativo de las cosas– le indicase. Tal actitud era en Martí profundamente orgánica y cabalmente funcional –consecuente con una voluntad ecuménica de recibir y resumir– y es también apreciable en campos aparentemente tan distantes como la filosofía, las artes, la política y la economía.

Sin renunciar a tratar ulteriormente con la profundidad y la amplitud que el tema de la presencia de la muerte, como concepto o categoría, en su obra merece y requiere, desearía por el momento dejar planteadas algunas proposiciones relativas a lo que supongo constituyen aperturas teóricas cardinales del Apóstol sobre el asunto.

Su concepto de la muerte no está alejado sino en el centro mismo de su espiritualidad –que por otra parte no era una organizada filiación gnoseológica aunque si una contenida y coherente actitud de conocimiento–, que dibuja su específica manera de apreciar y asumir la realidad entendida ésta en una amplitud fuera de lo común; entendida como capaz de incluir componentes muy diversos de los ámbitos físicos, sociales e históricos, simultáneamente con determinaciones muy preciadas de su propia interioridad como hombre y de su poder y su gracia como creador.

Sólo desde esta perspectiva pueden comprenderse su apreciación de la muerte como recompensa, e incluso como vida verdadera –punto éste de mayor cercanía con el espiritismo convencional y con el cristianismo ortodoxo– así como determinadas sugerencias suyas en torno a la reencarnación.

Esta espiritualidad ha de ser vista a su vez en relación con la circunstancia histórica, y aun diría que con la vocación y la voluntad de Martí, propiciadora de una definición del sufrimiento como contingencia inevitable en la consecución de aquello que se asume como vital de ser, en lo social y en lo individual; y también simultáneamente, como único recurso de mejoramiento humano. Creo que ambas consideraciones eran presupuestos de conducta muy bien pensados en Martí y altamente jerarquizados dentro de la estructura de valores éticos visible a lo largo de su obra escrita o no; y considero además que en esta, búsqueda del sufrimiento más que aceptación, se encuentra nada escondida su decisión de hacer coincidir, señal a señal y palmo a palmo, su vida con la de su pueblo así como sus deseos, sus propósitos y sus desvelos y sufrimientos.

En esta determinación de consubstanciación radica –y es algo sobre lo cual siempre he estado persuadido– su espontáneo espiritualismo que a ratos inclina a pensar en panteísmo, su idea de la muerte y su paralela idea de la vida.

Esta concepción del sufrimiento como vehículo del perfeccionamiento es pues, a un tiempo, tanto una proposición ética como una apertura de teoría de la historia –que no tiene por qué conducir a un evolucionismo mecanicista– y sugiero que ambas entidades remiten, dentro del afán de comunión martiana antes señalado, a un presupuesto de participación que deriva no sólo de una mentalidad colectiva cubana sino también de un amplio carácter psicológico americano, dentro de las cuales el sufrimiento acumulado, precisamente, obra con fuerza diferenciante. Con conciencia de que el conglomerado humano al cual pertenece vive en la muerte, la muerte personal no ha de ser asumida por Martí, no podía serlo, como algo a rechazar o como algo de lo cual huir.

La identificación martiana de la muerte –y de la naturaleza humana– con la luz, no es solamente un esfuerzo de conocimiento de calidad poética sino, sobre todo, en su cercano emparentamiento con una aceptada capacidad de premonición, significa un indicador tanto cultural como histórico. Cultural porque ese rango superior de certidumbre otorgada a la intuición, al descubrimiento sin signo que lo anuncie, al margen de evidencias razonadas, sino más bien por contacto o compenetración, por comunión emocional en un registro no asible por la razón, es una peculiar manera cubana de integrar y valorar los espacios y los acontecimientos dentro de los espacios, todo ello con una débil sujeción determinativa a lo temporal. La cultura cubana más auténtica es una cultura que conoce en los planos más profundos y menos visibles de la existencia cotidiana; una cultura que adivina, que se adelanta al acontecer. Por supuesto que toda esa predisposición gnoseológica –con correlato nada despreciable en la axiología– posee su fundamento en la textura social históricamente dada de nuestro pueblo, virtud de un complicadísimo proceso de acciones de distintos signos no sólo políticos y económicos sino también étnicos y demográficos. Semejante manera anticipada de captar la realidad se hace en Martí conciencia y voluntad –“adivinar es un deber de los que pretenden dirigir” es una afirmación suya de las muchas en esta dirección– por imperativo de nuestras propias urgencias independentistas, sintetizadas en una magnitud fuera de toda comparación hasta entonces, en circunstancias en que distintas partes del mundo se enconaban sobre nosotros y, de hecho, contra nosotros.

Este mirar adelante, esa angustia por ver más y por ver primero, semejante penetración intuitiva de conocimiento, no es un vivir fuera de presente; todo lo contrario. Lo conocido por anticipado se incluye en lo actual en una dimensión que alcanza la domesticación de la muerte cuyo develamiento es, en definitiva, en términos de esencias y no de coyunturas, el conocimiento de futuro por excelencia.

Esta capacidad de horadar en el futuro, de iluminar la oscuridad del misterio de lo desconocido pero aún no-sucedido, se encuentra, pues, en el fundamento central del tratamiento martiano sobre la muerte que al igual que en otras zonas muy señaladas de nuestro carácter cultural nacional, no es en modo alguno un tratamiento vergonzante o transido de miedo, sino una aproximación familiar, natural y amable. Ahora bien todo ello concurre pero sin júbilo ni alegría alguna como pudiese suceder en expresiones expiatorias o mesiánicas, sino con una cierta añoranza, como con una triste ternura hacia lo que se abandona al morir, que se presenta como indicadores del alto grado de solidaridad social muy característico del pueblo cubano. José Martí, no sólo por su factura virtuosista, es un exponente muy alto de las potencialidades subyacentes de nuestra cultura, cubana y aun diríamos que americana, entrañablemente enlazado con los componentes más profundos de nuestra mentalidad social, aquello visible como un subconsciente colectivo estrechamente dado en términos étnicos con el mayor alcance de este concepto.

Siempre he recibido de José Mari la impresión como de un hombre en constante búsqueda de un espacio propio –físico y espiritual– sin encontrarlo nunca; hay un cierto no sentirse bien en ninguna parte en el Apóstol, una carencia de zona conciliada de estar, una amargura de desacomodo que se corresponde con la desorientada circunstancia finisecular de su pueblo. No poseo una mejor manera de aproximarme a esa vinculación estrecha que se da en Martí entre biografía e historia, que con estos señalamientos.

Las ideas de muerte y de pueblo en Martí tienen más de un punto en contacto. Ambas son entidades de donde se surge y hacia donde se regresa; ambas son realidades que un hombre cabal tiene que asumir consecuentemente y sin miedo; ambas son razones superiores a cualquier singularidad individual; ambas constituyen el terreno de la trascendencia.

Precisado a contestar me inclinaría a pensar en que Martí se encontraba más dentro de una visión judaica de la resurrección que dentro de una perspectiva cristiana; el Apóstol, según lo entiendo, está más cerca de una certidumbre de resurgir en su pueblo que de continuar viviendo en la sustancia de un Dios único.

Los grandes hombres públicos cubanos, tanto del XIX como del XX, se han trazado a sí mismos siempre objetivos muy por encima de las más íntimas posibilidades, reales, tanto suyas como de la propia sociedad cubana en cada situación concreta. Este adelantarse mucho, este apresurarse y apresurar, también lo asumo, en una proyección óntica fantástica, como acercamiento a la muerte, bien entendida como muerte política, como muerte física, o como ambas. No se debe perder de vista, por otra parte, que la anexión o la integración sin variantes colectivas cubanas del suicidio como Nación; y que el suicidio, como alternativa de holocausto personal, ha sido un lugar –de palabra o de hecho– muy recurrente en nuestra vida política.

La voluntad fundacional en Martí se expresa en extremos aparentemente tan alejadas como la síntesis crítica y sistemática de toda la cultura occidental –y aún diría que mundial– para obtener, por decirlo así, una experiencia del pensamiento aplicable en profundidad a la práctica independentista cubana y americana; y en la búsqueda del equilibrio de los factores constitutivos de la sociedad y la nacionalidad cubanas a través de una, hasta entonces, desconocida variante de práctica política.

Si el andar consecuente en una dirección lo conducirá al descubrimiento de la naturaleza imperialista de los EE.UU. por análisis crítico de la conducta política –y la teoría en ella subyacente– en ese país y sus tremendas deformaciones en la vida pública; la búsqueda ininterrumpida en el segundo sentido, su permanente actitud de descubrimiento hacia las cosas y las gentes de su tierra, le mostrarán cuán difícil era organizar para la libertad la existencia de una sociedad creada para la esclavitud: hasta qué punto los factores constitutivos que el pretendía institucionalmente poner en equilibrio se encontraban en encuentro enconado, llenos de prejuicios, y en ocasiones casi irreconciliables.

A los historiadores la justa ponderación del tiempo suele jugarnos malas pasadas; a veces el tiempo obra ante nuestros ojos como un cristal deformante que nos impide –casi siempre por prevalecimiento de las perspectivas actuales de valor– apreciar y ponderar en su exacta justeza, las realidades anteriores sujetas a análisis. Tal sucede con el tremendo peso de las fuerzas centrífugas, antinacionales, presentes de manera paralela, y de forma cada vez más pugnaz y creciente, con la lucha armada en favor de la independencia iniciada el l0 de Octubre del 68. El integrismo y el anexionismo en sus distintas variantes crecieron siempre como alternativas al separatismo y allí donde éste se vió más cercano de obtener la victoria, más aviesas se hicieron las maniobras desnaturalizadoras.

Pero no son sólo a esas fuerzas de la traición a las que nos referimos –que no eran ciertamente las que más preocupaban a Martí– sino aquellas otras fuerzas disociadoras que surgían de manera propia y natural, que tenían obligadamente que surgir, dentro del propio campo insurrecto, sin merma de sus indiscutibles intencionalidades independentistas; obrando contra sí mismas, contra sus más importantes razones de ser.

Desde la perspectiva nuestra de hoy, con una nación seriamente establecida sobre sus propios sillares, labrada a mano y sangre por varias generaciones de revolucionarios en permanente combate desigual frente a enemigos de diferente oriundez pero igualmente empeñados en su voluntad de someter a la isla, con una solidaridad social interna difícil de encontrar en otro punto del planeta, la idea de una nacionalidad cubana fragmentable y fragmentada –aun cuando referida a cien años atrás– nos resulta difícil de asir; casi incomprensiblemente.

Pero lo cierto es que la práctica colonial y esclavista marcaba con diferencias profundas y muy difíciles de salvar, el cuerpo social cubano entendido éste, en relación con las individualidades integrantes, como factualidad externa, objetiva, y como sicología colectiva, como código de valores prefigurando y validando conductas.

No se piense que la afirmación hecha en el párrafo anterior presupone que las secuelas de estas circunstancias enajenadas y de extrañamiento, hayan dejado de estar presentes totalmente en la actualidad. En absoluto. En lo profundo de nuestro ser nacional las huellas del latrocinio aún permanecen dibujando una amenaza, no por invisible menos latente, de muerte como país por divisiones y contradicciones internas. Y este es un extremo sobre el cual es necesario convocar al estudio, al diálogo y al debate.

Claro que en vida de Martí el riesgo no era riesgo sino hecho consumado al cual no era ajena una voluntad consciente de las fuerzas dominantes; la división del pueblo cubano era un resultado de la proyección abarcadora de las relaciones de producción, pero también lo era de una bien pensada e instrumentada política de pro españoles y pronorteamericanos para inmovilizar una proposición de carácter social derivada del requerimiento de las avanzadas populares de superar esas relaciones y esa división; derivada de la voluntad de construir una respuesta integradora e independentista a ellas; y esa política fue tan efectivamente llevada a la práctica que en más de una ocasión logró imponerse con éxito. Con lamentable y prolongado éxito.

Cuando se afirma que la principal línea de acción de Martí era la de unir al pueblo cubano, se está diciendo una verdad absoluta que, sin embargo — por las razones apuntadas antes–, es difícil ponderar hoy en toda su importancia. En este caso unir equivale a crear, a fundar, sobre la base de los antecedentes levantados por las guerras anteriores –en particular la del 68 al 78– pero además, y fijémonos bien en ello, a unir por encima de las diferencias construidas o agrandadas por los propios esfuerzos independentistas anteriores.

Porque el extrañamiento del cuerpo dominado que origina la dominación conduce a esos absurdos y a esos sin sentidos; conduce a que dentro de la propia naturaleza de lo que se es, crezcan como abscesos malignos tendencias contrarias a las propias fundamentaciones del ser. La perniciosa tendencia al contra sí –a la muerte por contra sí– sobre lo cual hemos hablado antes y volveremos más adelante.

Así pues Martí se enfrentaba al enconamiento antagónico de factores constitutivos cubanos no solamente dados por las diferencias entre blancos y negros y mestizos, por descendientes de esclavos o de esclavistas, de criollos o de peninsulares, de nacidos en una región o comarca u otra; sino también por las discrepancias entre veteranos de las contiendas anteriores y no veteranos, y las también diferencias derivadas de celos de jefaturas o caudillismos llevados más allá del último disparo de los combates; todo ello en un contexto de disputa internacional por el dominio de la isla entre grandes potencias, algunas reconocidas como tales, otras emergentes.

La virulencia de las fuerzas centrífugas era de tal envergadura que se presentan al análisis histórico y psicológico como casi imposible de ser solucionadas, o al menos conciliadas, en términos humanos, en el espacio limitado de la breve vida de un hombre e incluso de más de una generación.

Debo decir que desde mi punto de vista, Martí muere sin haber alcanzado totalmente este objetivo, pero sí habiendo logrado todo lo que se podía haber logrado dada la especificidad contextual en que se encontraba.

El desequilibrio entre las acechanzas externas y la incapacidad –por falta de cohesión– interna para enfrentarlas, unido al hecho de que las fallas de integración colectiva a que nos hemos referido no eran susceptibles de superación por razonamiento –por más brillante que éste fuere–, ni por apostolado de la palabra –por más sistemático que pudiese ser–, impedía que la acción unitaria y fundacional en términos políticos circunstanciales fuese suficiente para salvar las diferencias. Ello solamente era lograble en el ámbito críptico en que la cultura nacional se forja, en el terreno de las emociones y los sentimientos, en el proceso de construcción de un pasado común y de una común voluntad de futuro; en la cabal elaboración de un etnos cubano con una teoría política explicativa de sí mismo.

Martí procura, dedicando a ello toda su vida, conjurar los riesgos de una muerte nacional cubana por absorción o dependencia –la muerte por asimilación de Cuba a EE.UU.. –, o por desequilibrio entre los elementos propios y naturales de la cubanía. En Martí la búsqueda del equilibrio social cubano marcha pareja y entrelazadamente con la defensa frente a los riesgos de anexión. La independencia ha de hacerse, en el momento en que se haga, para evitar que con una prolongación de la dominación española, el riesgo de desmesura de algún elemento formativo sobre los otros llegase a ser insalvable y con ello viniese a más inminente, y como históricamente inevitable y hasta lógica, la anexión del país a EE.UU.. con lo cual ocurriese la desaparición como pueblo, del pueblo cubano.

Decimos que a ello dedicó toda su vida pero debemos agregar, sin propensión mística alguna, que en este sentido también se encuentra su muerte. En términos de vida alcanzó instrumentar un grado de conciliación cubana capaz de una arremetida final contra España e inicial contra el imperialismo naciente; y en términos de muerte inscribió su propia biografía y la guerra por él comenzada en el conjunto de los signos referenciales cubanos como entidad singular e independiente.

Nos encontramos en la zona de las mentalidades, de la importancia y las dificultades de las mentalidades, que a no dudar constituye uno de los aspectos más difíciles de penetrar, o al menos de aproximarse, en todo el espectro abarcado por las distintas ciencias que procuran explicar al hombre.

Las diferentes mentalidades que enfrentaban a cubanos contra cubanos era necesario resolverlas en una mentalidad única que solidarizase a unos con otros. Las tremendas razones originarias de las diferencias, obligaban a motivaciones unitarias y de hermanamiento de superior estatura; y éstas sólo eran localizables, por desgracia, en el marco de contiendas bélicas de interés común y a través del registro de las emociones. Tal como se presentaba el caos de la cubanía, la vinculación emocional en el combate, y ulteriormente por los resultados del combate tanto en el sentimiento personal como en la memoria colectiva, era lamentablemente el único camino posible a recorrer para la culminación fundacional del país. Dadas las peculiaridades de su sociedad y las relaciones internacionales, en Cuba la guerra por la independencia era justa y necesaria; y así la calificó Martí. Por la vocación hegeliana y evolucionista del autonomismo, por el supuesto perfeccionamiento institucional pacifista, sólo se hubiera llegado más temprano que tarde al anexionismo

Sucede que era necesario hacer coincidir en lo social y en lo personal los resultados casi telúricos de la acción bélica pero, al mismo tiempo, situando ésta dentro de una doctrina de bondad y beneficio, con alta eficiencia y con ausencia de odios, capaz de constituirse, como doctrina, en un nuevo presupuesto cohesionador más allá del final de la contienda.

La peculiar y funesta tendencia al contra sí, que señalábamos antes, tiene su origen –estoy persuadido de ello–, en la mentalidad eminentemente egoísta generada por la esclavitud; egoísta el amo que procura sacar todo el provecho personal posible de la explotación de sus semejantes, y egoísta el esclavo –con un egoísmo obligado por la atroz represión pero egoísmo al fin y al cabo– que procura casi siempre primero sobrevivir como individuo antes que como grupo, sector, o comunidad. El contra sí es una variante colectiva muy cubana del suicidio. En términos cubanos las revoluciones, y en general todos los movimientos de mejoramiento social y nacional, han sido destruidos desde dentro, por la acción encontrada de componentes propios.

Esta mentalidad del contra sí, se sostiene sobre un no razonado supuesto teórico de supremacía de lo transitorio sobre lo permanente, de aprovechamiento de lo inmediato, de supeditación de lo importante a lo urgente, de confusión del deseo con la necesidad, de lo imaginado con lo real; todo lo cual le otorga un cierto carácter de superficialidad a lo existente, excepción hecha, precisamente, de la muerte. Dada la huella de la esclavitud en la cubanía, todo lo que se presente como serio y profundo en términos cubanos necesita ser refrendado por la muerte. Consciente o no de la existencia de esta categoría, Martí procurará evitar la acción corrosiva del contra sí elevando la mentalidad del cubano, como gente y como pueblo, a niveles irreversibles de defensa de lo propio por conciencia de solidaridad colectiva, y con su vida y con su muerte logró situar esta posibilidad en espacios alcanzables tal como, en efecto, serían más adelante alcanzados.

Digo –su muerte, con toda propiedad y justeza aun cuando rechace, como rechazo, las repetidas y peregrinas suposiciones sobre un suicidio suyo inimaginable en un hombre como él, profundo conocedor de su propia valía y de su alta responsabilidad comenzada, como él mismo señalase, con el inicio de la guerra.

Pero parece fuera de toda duda que Martí no podía dejar de combatir en la primera oportunidad que se le presentase en la manigua cubana, y esa primera oportunidad fue, precisamente, la de la batalla en Dos Ríos en la cual, obviamente, no se encontraba adecuadamente preparado para salir con vida.

Propongo que las circunstancias de su muerte –su despedida de la vida, cosa esta que parece ser lo mismo pero que en realidad no lo es– están constituidas por los acontecimientos, aun en lo nimio siempre trascendentales, recogidos en las últimas páginas de su Diario de Campaña y su correspondencia de esos días inmediatos anteriores al l9 de Mayo, además de lo acaecido en la aciaga tarde en la unión entre los ríos Contramaestre y Cauto.

Desde el encuentro con el Mayor General Antonio Maceo el 5 de Mayo, las anotaciones en el Diario de Cabo haitiano a Dos Ríos son cada vez más abundantes y detenidas en lo referente al tributo y cálido reconocimiento brindado a él por las gentes humildes del pueblo quienes espontáneamente le llaman -Presidente, y en lo referente además a sus íntimos –y casi nunca compartidos con nadie aun cuando sentidos desde muchos años atrás– recelos hacia el riesgo de un encumbramiento militar en Cuba, por encima, y a expensas, del elemento civil en el campo insurrecto. No me voy a extender en el reconocimiento histórico de esta desconfianza martiana en el arranque del 95, cosa que en alguna ocasión anterior ya he realizado. Baste, a los efectos de las consideraciones que pretendemos desarrollar, dejar bien sentado que se carecía de razones para sospechar de intenciones dictatoriales tanto por parte de Gómez como de Maceo, y los años posteriores así lo habrían de demostrar fehacientemente. En cambio si existían estas pretensiones de cerrado dominio político en los más conspicuos representantes civiles de la revolución –consecuentemente con sus antecedentes pactistas del 78– como Salvador Cisneros Betancourt, o el propio don Tomás Estrada Palma a quien Martí prácticamente había designado como su sucesor. Así, pues, el riesgo vislumbrado por el Apóstol no estaba donde él creía sino muy por el contrario, entre quienes él consideraba sus aliados para, enorme contradicción, conjurar precisamente el riesgo.

Digo más; a la luz de la documentación que he podido consultar y de los testimonios orales que he tenido la suerte de conocer –en ambos casos la mayor parte de las fuentes en cuestión se mantienen inéditas– puedo afirmar que Martí, desafortunadamente, muere con cierta desconfianza, en el sentido ya señalado, hacia Gómez y hacia Maceo pero que en estas dos grandes figuras, en cambio, no hubo hacia Martí ningún prejuicio ni recelo aun a sabiendas de que esa desconfianza existía. ¿Qué impedía a aquellos hombres hablar con toda claridad empeñados como estaban en una causa común que los sobrepasaba? Martí era diez años más joven que Maceo y casi veinte más que Gómez; era un conspirador y un tribuno mientras que los otros eran guerreros a campo abierto; era un bisoño en la guerra mientras los otros eran veteranos de una década con las armas en la mano. No cabe dudas. La maldita tendencia al contra sí se expresaba también en quienes estaban llamados a contenerla y a exorcizar al país de su endemoniada y contumaz recurrencia.

Toda esa desconfianza llevada en silencio se unía al silencio –y en este caso Martí si acertaba históricamente– conque conducía las iniciativas para enfrentarse, en el acto mismo de su nacimiento, al imperialismo yanqui emergente; tal como le decía a su hermano mexicano Manuel Mercado, todo lo que había hecho y haría era para eso, para impedir a tiempo la caída del expansionismo norteamericano sobre las tierras de América. Un silencio y otro, aquél en que tiene razón y aquél en que la razón no lo asiste, marcan de silencio y de incomunicación la muerte del Apóstol. ¿Murió, además de por las balas españolas, por silencio y por incomunicación? ¿De no haber sido tan cuidadoso con su verdad, que él consideraba, y en parte lo era, la suprema verdad, hubiese sido el desenlace como lo fue? ¿Y si hubiese confiado a Gómez y a Maceo sus conclusiones sobre la naturaleza depredadora yanqui, la coincidencia de esos criterios superiores con ellos no hubiese contribuido a borrar la desconfianza hacia ellos? Porque duele constatar que, sin el examen en rigor hecho por Martí, en lo profundo Gómez y Maceo también veían en EE.UU.. un enemigo a la causa cubana. La incomunicación –y el silencio –eran pues, entre elementos coincidentes; y esto dibuja con mayor nitidez la nocividad del contra sí. La muerte por silencio y por incomunicación, aun entre entidades humanas e históricas afines, es desde ese entonces una variante de muerte con lamentable recurrencia política en Cuba.

Deseo aproximarme a esta muerte mayor entre nosotros, como es la muerte de Martí, desde otro ángulo. En la concentración de tropas realizadas en la mañana del día l9 –pocas horas antes de su muerte– Martí habla a la tropa luego de Bartolomé Masó y de Máximo Gómez en términos de que hasta ese momento había vivido como en vergüenza, en clara referencia a su nunca realizado deseo de enfrentamiento con las armas en la mano a los enemigos de la independencia. Como era ya costumbre las fuerzas reunidas lo aclaman y vitorean sus palabras, y la acogida que tiene entre los combatientes lo compromete, de manera adicional a su voluntad, a participar activamente en el primer hecho de armas que se presente –y que él no sabe tan inminente aunque Gómez sí–; por otra parte, marchan hacia el Camaguey para la institucionalización de la revolución y la constitución del gobierno de la República en Armas; él sabe, puesto que se ha conversado al respecto, que una alternativa muy posible es que tenga que regresar al extranjero para impulsar tanto el envío de recursos al campo insurrecto como el reconocimiento internacional de la beligerancia ¿Iba el Apóstol a regresar a la emigración sin un aval de combatiente adquirido en la práctica? ¿No estaban, además, demasiado fresco aún señalamientos e imprecaciones capciosas?

Aun cuando Gómez desde hace días viene siguiéndole la pista a la columna enemiga de Jiménez de Sandoval la cual conduce un convoy a la ciudad de Palma Soriano, hay un momento en que este coronel español, muy experimentado en la lucha contra los mambises cubanos y con una agudeza excepcional en cuanto al uso de la información militar, parece tomarle la iniciativa al viejo dominicano, –a quien por otra parte le conoce sus modos de hacer la guerra– logra por varios prisioneros ubicar la posición del campamento insurrecto y su disponibilidad de hombres y armas y se convierte, de perseguido y emboscado, en perseguidor y emboscador. En el instante en que Gómez da la orden de cruzar el Contramaestre crecido por las lluvias recientes, para precipitar el combate ya inevitable y con ello procurar, a su vez, quitarle la iniciativa al enemigo, la situación se presentaba tremendamente comprometida para los cubanos. Luego el propio Máximo Gómez lo reconocerá así.

Con los primeros disparos el instinto guerrillero de Gómez, su segunda naturaleza como hombre de acción, se impondrá a cualquier otra urgencia y en cuanto a la seguridad de Martí sólo atinará a ordenarle -Quédese Ud. a retaguardia, según unas versiones o -manténgase conmigo, según otras; el propio Generalísimo nunca estará seguro después de lo que, en realidad, le había ordenado al Apóstol. En la práctica, daba lo mismo. En la retaguardia no se hubiese quedado nunca por las razones ya expuestas; junto a Gómez le era imposible mantenerse por su impericia como jinete y como combatiente. Lo difícil de la batalla –a todas luces una derrota mambisa– le impediría a Gómez volver a pensar en Martí hasta el aviso de su desaparición, que en realidad nunca fue de su muerte.

Ahora bien, por necesidades operativas imprevistas del enfrentamiento, el ayudante de Martí, el joven Ramón Garriga, es relevado de esas responsabilidades para servir como enlace directo entre los Generales Gómez y Masó; el cotejo de versiones hace pensar que el bisoño Ángel de la Guardia –caído dos años más tarde con los grados de Tte. Coronel en la toma de Las Tunas– en realidad y contrariamente a lo muchas veces afirmado luego de terminada la guerra, no estuvo en esos últimos instantes junto al Apóstol [1]: téngase en cuenta, por otra parte, que en un combate de líneas irregulares como era aquél, en un pastizal lo suficientemente alto como para tapar un hombre de pie, y en ocasiones hasta a caballo, para alguien no bien fogueado las referencias de donde está el enemigo y donde los compañeros, se pierden totalmente; incluso los disparos no se saben –o no se pueden saber– distinguir de la dirección de la cual vienen y a cual bando pertenecen. Haya cargado, en una carga personal y quijotesca, contra los españoles o haya perdido el dominio de su cabalgadura abalanzándose ésta sobre las líneas contrarias, lo cierto es que Martí muere en soledad.

Luego de distintos peritajes realizados a lo largo de casi un siglo, están corroboradas las tres heridas recibidas y la trayectoria de cada uno de los proyectiles que los originaron. Una herida de bala con orificio de entrada en el cuello y salida por el labio superior en su lado izquierdo; otra con entrada en el puño del esternón y salida por la escápula izquierda; otra que le destruye los huesos de la pierna derecha a la altura de su tercio superior con entrada por la cara anterior.

Los peritos consideran que el primer impacto debió haber sido el del pecho, y en la posición erguida y con la cabeza hiperextendida hacia atrás que éste debió haber originado, se recibió el del cuello; el de la pierna ocurrió cuando el cuerpo, dos veces herido, iba cayendo de la bestia y en el transcurso de la caída la extremidad inferior derecha, en efecto, sobrepasó la altura del lomo del caballo. Detenidos estudios conducen a la certidumbre de que la muerte por esas heridas debió haber ocurrido por una combinación de hemorragia interna –por la herida del pecho– y asfixia por bronco-aspiración producida por el impacto del cuello.[2]

Por otra parte, y si tenemos en cuenta que la cabalgadura también fue herida, nos percataremos de que Martí fue agredido a mansalva y con fuego graneado y desde más de una posición por parte de los agresores, dado que la herida de la pierna tuvo que ser ocasionada desde un ángulo distinto a aquél desde donde se le causó la de la cabeza y el pecho.

El reconocimiento de todas estas circunstancias concretas –a las que se debe sumar el desconcierto de Gómez ante la tremenda tragedia, quién no logrará darse a sí mismo una explicación suficientemente convincente de lo sucedido– nos evidencia en qué profunda medida Martí murió en soledad. Con toda probabilidad de haberse encontrado acompañado el fuego de los guerrilleros al mando del renegado Oliva no hubiese podido concentrarse sobre él y, con independencia de haber sido herido y hasta muerto, riesgo por demás natural en cualquier enfrentamiento de ese tipo, su cadáver no hubiese quedado, como quedó, en manos enemigas.

La soledad de su cuerpo abatido entre un dágame y un fustete en la unión del Contramaestre con el Cauto, tiene mucho en común con la incomunicación y el silencio formando parte de un contra sí cuya presencia es constatable en otras encrucijadas de la historia del pueblo cubano, casi siempre situadas en la divisoria de las aguas de situaciones límites, tal como en propiedad era aquél atardecer de Mayo.

En Cuba siempre ha existido una suerte de sentimiento popular de deuda hacia Martí, al margen del culto sensiblero y desnaturalizador que una burguesía venida a menos pretendió instaurar en torno a su memoria, a su obra y a su pensamiento. Considero que hay correspondencia entre la soledad de su muerte y ese sentimiento espontáneo de la gente, como si todos ellos deseasen –venciendo la lógica del tiempo y la desaparición– hacerle compañía. En la unánime compañía de todos los cubanos de entonces y de después murió solo. Esta soledad era consonante con su sentido cósmico de la existencia.

¿Hasta dónde era trágicamente inevitable su soledad? ¿Iba su apostolado demasiado por delante de sus compatriotas? No lo sé. Pero en rigor no podemos dejar de subrayar que Martí perseguía, en última instancia, la independencia espiritual del pueblo cubano –que presupone la existencia de individuos, como ciudadanos, concientes de sí mismos– requisito sin el cual, al decir de Kant con quien en más de un punto se encontraba cerca el Apóstol, no era posible la obtención de ningún otro tipo de independencia. De aquí su erudito ejercicio de reconocimiento de la cultura universal, y su mirada siempre detenida en las razones físicas y humanas de nuestra composición como sociedad. Ambas preocupaciones coinciden en la búsqueda de las adecuadas y peculiares formas de manifestarnos –en política y en sociedad– consonantes con las singularidades de nuestra naturaleza. ¿No había para su código de pensamiento un lenguaje equivalente posible? Quizás; pudiera ser; mas aún, en un caso como ese, semejante no-correspondencia contendría elementos de incomunicación, silencio y soledad obrando por anticipado en el dibujamiento de su muerte y de otras muertes antes y después de la suya.

No hay ningún otro acto o hecho humano en la historia de Cuba en el cual la dinámica del acontecimiento y el significado del acontecimiento posean semejante capacidad de resumir y de anticipar; de definir los direccionamientos más aspirados de las conductas individuales y su resonancia en el contexto colectivo en que se produjo, y en los contextos también colectivos ulteriores.

Hay una cifra de amplia proyección ética en la caída en Dos Ríos que al no encontrar ninguna consagración pública en los años inmediatos y mediatos posteriores, puede ser uno de los nutrientes de ese sentimiento de deuda –que no de culpa– hacia Martí por parte de la sociedad cubana señalado párrafos atrás.

Dada la composición de lugar que hemos podido ir construyendo me inclino a pensar como algo más que prudente que el Apóstol supo que iba a morir antes de, ciertamente, ser muerto.

A contrapelo de cualquier opinión contraria generalizada más o menos, esto no suele ser frecuente en el trascurso de acciones combativas violentas. Antonio y José Maceo en el 96, por ejemplo, o Ignacio Agramonte antes, en el 73, morirían, por las circunstancias concretas de los enfrentamientos en que caen, sin conciencia de que estén –por decirlo así, y fíjense bien que no se está hablando de conciencia del peligro– en irremediable proceso de morir.

Martí si, y Céspedes también y con mucha más claridad que el propio Martí aunque en ambos casos semejante conocimiento se presenta con signos diferentes, más cercanos al orden de lo trágico en el segundo y al orden de lo profético en el primero, para quien los segundos finales de su existencia –en la confusión de la tangibilidad de la muerte y de la vida– se encontraban penetrados de una trascendencia óntica con tremenda fuerza definidora.

La llegada de la muerte a través de la vida –no por simple interrupción de la vida– se asume o entiende en la cultura cubana, con una calificación narrativa de la sustancia de todo acontecer, de la naturaleza del movimiento de nuestro espíritu nacional. Los momentos de muerte conscientes de la muerte, constituyen excepcionales –aun cuando fugaces– instantes de atisbo en lo íntimo y propio.

Céspedes y Martí como antes Varela y Luz y posteriormente Guiteras, Chibás, Abel Santamaría y Frank País, pueden constituir ejemplos de ello.

Pero por ahora estamos hablando de Martí y debemos mantenernos centrando nuestra atención en él, no sin antes dejar al menos señalado que ese tránsito recorrido de la vida a la muerte es un lugar reconocible aun cuando no con facilidad, en lo mejor de nuestras tradiciones orales al igual que en exponentes nada despreciables de nuestra música y nuestra literatura de ficción, así como en los más conspicuos sistemas mágico-religiosos construidos por cubanos. En relación con estos últimos, por ejemplo, semejante presencia es reconocible en situaciones litúrgicas tan diferenciadas, a más de bien conocidas, como las distintas variantes de iniciación; de desplazamiento de la personalidad dentro de la gama, más o menos amplia, de formas de trance o posesión; así como en los ejercicios adivinatorios sobre todo en aquellos que comportan o exigen mayores complicaciones técnicas, casi siempre acompañadas de solicitudes místicas de ayuda a instancias divinas tenidas por específicamente superiores para estos menesteres.

Las muertes de silencio y soledad comportando expresiones por si mismas, separadamente, o de manera conjunta, son siempre asumibles como muertes cubanas por incomunicación que constituye una forma de morir muy dentro de nuestro carácter nacional y –como categoría integradora de una específica sicología y una concreta circunstancia social– se corresponden con la capacidad de premonición siempre presente en los atisbos apresurados de la muerte próxima, al igual que en los mejores exponentes tanto de nuestras tradiciones como de nuestro pensamiento abstracto conscientemente elaborado, o nuestra narrativa y nuestra poesía.

La capacidad cubana de premonición es una manera de expresarse la muerte en nuestra cultura; y en José Martí no solo había capacidad de premonición sino voluntad de acceder a formas diríase que superiores de avizorar el futuro. En ese esfuerzo de arribo a la totalidad se conjugaban en él tanto un insuperado acercamiento a la verdad de las motivaciones y los destinos de su pueblo, como una cierta plenitud personal de ambivalencia entre la vida y la muerte; no de acercamiento místico a esta última sino de aceptación de su natural organicidad con la vida.

En la cima más alta del pensamiento cubano la presencia de la muerte como contingencia a ser observada y no escondida, se encuentra fácilmente asequible. Aún más, aventuro que en ello se encuentra algo más que implícito el reconocimiento como único sentido de la vida, de su aplicación a la posibilidad de trascender la muerte, en razón de una acordada convención con el resto social; aplicación ésta que comportaba de suyo la aceptación de la muerte como referencia definidora de esencias y, como esencias, alcances de la propia vida. Y todo esto nos conduce no ya a la capacidad de premonición sino, ya dentro de ella, a estados de premonición que con toda la importancia gnoseológica de los antes referidos momentos fugaces, nos acercan a Martí como a otros exponentes de la cultura nacional cubana. Al reconocimiento de la predeterminación del futuro por el presente lo cual equivale a decir del presente por el pasado.

En Martí la idea de la muerte y la idea de la historia tienden a coincidir en la aceptación de que hay tiempos dialécticos distintos, y hasta encontrados, resueltos dentro de un tiempo cósmico único cuyo espacio de residencia es, en definitiva, la conciencia de los hombres. Se acepta, por otra parte, que los ciclos de los tiempos se suceden –en virtud de puntos de cambio o giro– al ocurrir, aquellos hechos que tienen obligatoriamente que ocurrir incluyendo dentro de este carácter de obligatoriedad los hechos de muerte; y de aquí las referencias a la muerte necesaria, a la muerte amiga. De todo ello se desprende la capacidad engendradora otorgada al hecho, al acto y al hombre como protagonista de hechos y de actos.

En tanto crea el hombre es dios y la inmortalidad como resultado social, solamente es alcanzable por la creación. En Martí hay una permanente actitud de descubridor y de creador en la cual no se distancian las cosas de la vida y de la muerte, regida por una vocación y una voluntad ética de mejoramiento. En semejante apertura hacia el saber y hacia el trascender hay un deseo de ubicuidad, de consubstanciación con todo lo existente, de resumir todos los espacios en un único espacio ocupado, de registro de la angustia, de la condena –la fatal condena–, de solamente estar donde se está, cuya expresión poética más elocuente puede encontrarse en el “Yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy” de sus Versos Sencillos.

En el deseo de abarcar en un abrazo ontológico y permanente a todo su pueblo pudiéramos aproximarnos mejor a la relación entre los conceptos de individualidad, sociedad, trascendencia y muerte. Si en la perspectiva agustiniana dios y el alma se corresponden, en la martiana la muerte y el alma se complementan en tanto el alma sale y retorna de la muerte –en una sugerencia de movimiento que no parece requerir la condición misma del fallecimiento–, permitiéndose con ello que en la dimensión del alma la muerte y la vida se indiferencien; y no encuentro mayor exactitud que esta propia ambigua indiferenciación, que alcanza tanto una teoría de la acción revolucionaria como una teoría de la belleza.

De todo ello se desprende la raigal importancia concedida al concepto de hombre único, de hombre total, de hombre resultado de los componentes propios y naturales, de hombre histórico y creador que se corresponde con la idea superior de pueblo y de humanidad y que permite apreciar, en toda su grandeza, una forma de respeto hacia lo habitual y lo corriente derivada de la certidumbre de que toda la sabiduría de la existencia, es decir de la vida y de la muerte, puede encontrarse como concentrada en un punto y en un instante cualquiera; y de nuevo aquí tropezamos con lo fragmentario y estelar.

El detenimiento del Apóstol en los detalles de los contextos, su afán de aprehender en lo comúnmente inadvertido, esa suerte de lujuria por poseer la espléndida estatura de lo pequeño, se encuentra a todo lo largo de su obra desde El Presidio Político en Cuba hasta El Diario de Cabo haitiano a Dos Ríos.

El presupuesto de que ningún espacio es conocido cabalmente nunca, ni siquiera aquél que se ocupa por largo tiempo; de que todo espacio es nuevo en cada momento, se nos presenta en esas lecturas con la recia majestad de las simples y permanentes definiciones de la especie.

Resulta curioso constatar, en el análisis del proceso de la cubanía, como en Máximo Gómez –un hombre de acción pero también de pensamiento– la manera de asumir lo externo es, en apariencias, distinta; creo poder resumir dichas formas del Generalísimo expresando que los espacios posibles –por el simple hecho de ser posibles– son como conocidos de antemano. Aventuro que en esta peculiar manera de conocer se encuentra una de las claves del genio militar del ilustre patriota dominico-cubano y pienso, además, que los mecanismos de adueñamiento de lo desconocido que Gómez practicaba como algo muy suyo, sobre lo cual he tratado en otra ocasión anterior, puede significar la posibilidad de conciliación de ambos criterios, el de Gómez y el de Martí, en un punto de complementariedad.

Cuando en fecha bastante temprana José Martí escribía “Es preciso que yo, puesto en mi, me vea por mí a mí mismo” estaba haciendo una solicitud de principios sobre sí que nos abarca como pueblo y a cada uno de nosotros como integrantes de ese pueblo. En la consecución de las respuestas que semejante petición comportaba y comporta, se contenían las constantes más profundas de toda su trayectoria humana formalmente cerrada en la tarde del l9 de Mayo de l895 en Dos Ríos, y se contienen todavía las cifras claves de nuestra independencia en términos de soberanía y en términos de perfeccionamiento cultural individual. En ambos casos, pues, en términos de independencia espiritual.

En él –puesto en mi, hay una necesidad de conocimiento íntimo sin condicionamiento exterior alguno; al igual que en él– por mí, se encuentra el rechazo a cualquier opción o alternativa proveniente del como me ven e incluso de como quisiera que me vieran. Se persigue un conocimiento con los propios y exclusivos criterios de valor, cosa esta que en rigor metodológico exigía un superior estado en soledad para alcanzar un nivel consecuente de expresión libre, de autoconciencia de la propia espiritualidad.

El ejercicio de la independencia personal en su alcance absoluto, contenido en estas pocas palabras, nos remiten a una muy peculiar relación entre interioridad y exterioridad que es –en su concreta solución social– una definición de la vida al tiempo que subyace en la base de unas no menos sugerentes apreciaciones sobre la muerte. En ese sistema de relaciones, que es también un sistema de circunstancias concurrentes en un mismo espacio metafísico, entre la individualidad y su opuesto, entre la identidad y su negativa, entre la corroboración del ser propio y su desaparición, entre lo creado y lo increado, entre lo natural y propio y lo artificial e impuesto, entre la vida como vida y la muerte como ausencia de toda vida previa a la muerte, se encuentra la clave más importante de la cultura; o al menos de nuestra cultura.

Es necesario la búsqueda de sí mismo en un reconocimiento espiritual equivalente al acto del propio engendramiento para lograr alcanzar la situación, el plano óntico, de la trascendencia posible, correlato de la visión de uno por uno mismo. Semejante esfuerzo de observación, según creo ver a mi vez, se encuentra en todos los esfuerzos humanos acumulados a lo largo de la historia por alcanzar la vinculación entre lo humano –como se haya podido presentar en cada momento– y lo tenido por divino como se haya podido entender en cada caso.

Desde su distancia el Apóstol parece decirnos en esas catorce palabras, que quien no viva en esa dimensión de conciencia –o al menos no la haya experimentado en algún momento– no existe plenamente.

Porque la inautenticidad se equivale a la muerte absoluta; y este es un punto en el cual Martí y los sistemas mágico-religiosos cubanos coinciden categóricamente.


Relación de notas.

[1] Coincido a este respecto con las conclusiones a que arribó, en la década del 40, el eminente historiador Gerardo Castellanos.
[2] Sigo las conclusiones periciales del Dr. Antonio Cobo, especialista de Medicina legal de Santiago de Cuba.
[3] Ver “Aproximación al Diario de Campaña de Máximo Gómez” en la revista “Santiago” #18, l975.

[Fuente:www.lajiribilla.cu/pdf/muerjose.doc ]

[Nota del editor de esta página web (www.josemarti.info): Este artículo, escrito originalmente en formato Word, adolecía de muchas faltas gramaticales y de ortografía. Todas estas faltas fueron corregidas al transcribir el artículo a formato html, aunque advierto que es posible que aún queden algunos errores. La referencia número [3] que aparece al final, en Relación de Notas, no tiene señalado en el documento original con qué párrafo se corresponde]