Destino, ¡oh destino!

Luchar por hacer del Teatro un espacio de re-escritura y transformación

 logo compañia rita montaner

Por: Noel Bonilla-Chongo

Luchar diariamente por no dejar de sorprendernos ante los avatares de la vida, es legítimo. Ella, la vida, permite que compartamos instantes nobles y graciosos, como otros tantos desesperados y pugilísticos. Hoy, cuando rondan impaciencias sobre el sentido desafiante del hacer cotidiano alrededor del teatro que salva nuestra existencia, no se puede prescindir de esa capacidad zapadora de re-escritura y transformación que le es ingénita al arte escénico. El sentirnos juez y parte de muchas de las circunstancias que desde el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, retan a diario la misión de la institución, nos regresan al voto de “En teatro como en todo podemos crear en Cuba”.

Hace corto tiempo recordábamos que una sociedad está viva cuando descifra y conmueve sus narraciones. Claro, ello implica un sujeto político activo, capaz de repensar sus leyendas, reordenar las historias que condicionan el presente y el futuro para saditar la fuerza integradora de mitos y credos. Cuando desde una institución cultural se registra la naturaleza de “agente” de creadores y públicos, reconocemos sus capacidades operantes para generar otras instancias comparativas y, así poder traducir, replantear, recualificar y transformar los eventos que atomizan el comportamiento, la vida y la escena. A través de este proceso nos liberamos de la fatalidad del destino. “Destino, ¡oh destino!”, diría aquel personaje de Virgilio atribulado por el baldón de sus maquinaciones.

Hoy, cuando las prisas de la vida misma retan en procura de volvernos más propositivos y certeros en la salvaguarda de las provisiones, el teatro debe apostar por tornarse diestra obsesión y embrujo para acariciar esas privaciones y devolverse creativamente anchuroso ante un lector-espectador que, inquieto, aguarda en su podio.

Hace solo algunos días, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) en reuniones y encuentros distintos, debatía cómo pensar el liderazgo en la Compañía Rita Montaner tras la jubilación laboral de su director general. El maestro Gerardo Fulleda León, quien por veinticinco años comandara la tropa radicada en el Teatro El Sótano (en la calle K entre 25 y 27, en pleno corazón del Vedado) y que de manera franca y justa le dedicaría más tiempo a su obra personal como dramaturgo y escritor. Propio de la “intriga teatral” y de lo conflictual de sus acciones, el ruido y las proyecciones mal intencionadas estimaron la resolución del CNAE como intervención perversa en la cotidianidad de la compañía. Pero, nada más alejado del sentido acompañante de la institución que, reverenciando en principio la obra y trayectoria artística de Fulleda León y sus méritos aportativos a la cultura cubana, procuraba identificar otras voces facultadas capaces de dialogar con la labor de Fulleda en la agrupación u otros modos de pensar el teatro y su hacer en un momento que, por fortuna, la escena cubana asiste a una convergencia plural de poéticas tan diferentes en sus formas y planteos, como preocupantemente desiguales en sus resultados y conquistas profesionales.

Hoy cuando el teatro corrige al Teatro, ratificando que no es suficiente creerse manipulador de las engañifas de la ficción. Cuando la escena amplifica sus franjas y convenciones, legitimando la emergencia de prácticas otras, cuando compartimos los mismos espacios e, incluso, similares preocupaciones temáticas; se requiere de bondad más que suficiente para reconocer las conquistas del otro y también sus oquedades. Se necesita mucha generosidad para cederle paso al colega y ver que, en el diálogo pródigo entre heredades históricas, memoria viva, nuevas aportaciones y aquellos olvidos posibles que el verídico teatro recuperará, desde la eficaz urgencia de las mujeres y hombres de estos tiempos, existe una grácil manera de sentirse cómplice del sueño. Entonces, el destino se fraguará solo desde nuestro hacer comprometido.

Si bien la modernidad buscaba la utopía, ese no-lugar imaginario, atribuyendo un lenguaje pretendidamente universal a una audiencia homogénea y pasiva. Hoy, por el contrario, hoy no es viable formular ningún canje social sino a través de la concepción de nuevas formas de sociabilidad y estas solo pueden ser en relación y agencia. Nuestro teatro, este de hoy, el que ahora mismo se debate entre trayectorias diversas en sus asedios y ganancias; está condenado al retorno por conseguir una dignidad poética que legitime la sapiencia de sus verdaderos hacedores. Gerardo Fulleda LeónSi algún provecho ha obtenido la institución de la liberación del maestro Fulleda de sus responsabilidades primarias en la Compañía Rita Montaner, ha sido espesar su protección como creador que aun jubilado puede acometer proyectos colaborativos con autores teatrales de otros lares y el acompañamiento a la dramaturgia nacional asumida por jóvenes creadores.

Ante la realidad de una agrupación con actores jóvenes formados de manera alternativa —fuera de las escuelas de arte—, artistas que la institución protege con subsidio estatal según sus niveles y desempeños en una programación teatral sostenida en utilidades de aprovechamiento del espacio y asistencia de público; el CNAE ha resuelto continuar los proyectos aprobados en el 2013. Conforme a lo establecido, le corresponderá al actual líder de la Compañía Rita Montaner, el director teatral Fernando Quiñones, guiar los proyectos creativos de investigación y escritura espectacular en la agrupación.

Será en lo adelante, el compromiso con la permanente actualización en los modos de asumir la praxis teatral, el móvil que conducirá a los artistas de la Compañía Rita Montaner hacia un hacer que dialogue con una historia que, más allá de los rebasados cincuenta años de existencia de la agrupación, movilice zonas de intercambio y trueque vivaz. Si el hecho artístico presupone un lugar compartido entre la subversión y la adsorción, entre la pasividad contemplativa y la ruptura activa, entre el estado y la multitud, entre la creación y el mercado; conveniente sería abrirse a la otredad desde una mismidad comprometida con rigor y eficacia teatral.

Tal como ya se enunciara alguna vez, es legal pensar que las prácticas artísticas pueden abolir las fronteras como también pueden servir para desplazarlas. De un tiempo a esta parte, cuando la práctica creativa ha entrado en una suerte de espiral sin demarcaciones hacia la ampliación de sus espacios, sus dispositivos y franquicias; en una época en la que el hedonismo consumista ha alcanzado una expansión que no conoce fin; sin dudas le ha llegado la hora a nuestro teatro para un cierto cuestionamiento y reajuste de sus propios hábitos.

Insisto, la atención a la frágil vida de los cuerpos, la hostilidad hacia la cosificación de la existencia y sus modos inoperantes, incompatibles con los reclamos del vivir de hoy, la revisión de formas anquilosadas de protección estatal y la retribución de las responsabilidades personales, ocupacionales, profesionales para con la sociedad y sus instituciones, son razones más que provocantes para insistir en la operatividad de luchar por hacer del Teatro un espacio de re-escritura y transformación

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